jueves, 9 de mayo de 2013

"Descripción de un estado físico", Antonin Artaud



Una sensación de quemadura ácida en los miembros,
músculos retorcidos e incendiados, el sentimiento de ser un vidrio frágil,
un miedo, una retracción ante el movimiento y el ruido.
Un inconsciente desarreglo al andar, en los gestos,
en los movimientos.

Una voluntad tendida en perpetuidad para los más simples gestos,
la renuncia al gesto simple, una fatiga sorprendente y central,
una suerte de fatiga aspirante. Los movimientos a rehacer,
una suerte de fatiga mortal, de fatiga espiritual
en la más simple tensión muscular, el gesto de tomar, de prenderse inconscientemente
a cualquier cosa, sostenida por una voluntad aplicada.

Una fatiga de principio del mundo, la sensación de estar cargando el cuerpo, un sentimiento de increíble fragilidad,
que se transforma en rompiente dolor, un estado de entorpecimiento doloroso, de entorpecimiento localizado en la piel,
que no prohíbe ningún movimiento, pero que cambia el sentimiento interno de un miembro, y a la simple posición vertical
le otorga el premio de un esfuerzo victorioso.
Localizado probablemente en la piel, pero sentido como la supresión radical de un miembro y presentando al cerebro sólo imágenes de miembros filiformes y algodonosos, lejanas imágenes de miembros nunca
en su sitio. 

La suerte de ruptura interna de la correspondencia de todos los nervios.

Un vértigo en movimiento, una especie de caída oblicua acompañando cualquier esfuerzo, una coagulación de calor
que encierra toda la extensión del cráneo, o se rompe a pedazos, placas de calor nunca quietas.
Una exacerbación dolorosa del cráneo, una cortante presión de los nervios, la nuca empeñada en sufrir, las sienes que se cristalizan o se petrifican, una cabeza hollada por caballos.

Ahora tendría que hablar de la descoporización de la realidad, de esa especie de ruptura aplicada, que parece multiplicarse ella misma entre las cosas y el sentimiento que producen en nuestro espíritu, el sitio que se toman. Esta clasificación instantánea
de las cosas en las células del espíritu, existe no tanto como un orden lógico, sino como un orden sentimental, afectivo.
Que ya no se hace: las cosas no tienen ya olor, no tienen sexo.
Pero su orden lógico a veces se rompe por su falta de aliento afectivo.
Las palabras se pudren en el llamado inconsciente del cerebro, todas las palabras por no importa qué operación mental,
y sobre todo aquellas que tocan los resortes más habituales, los más activos del espíritu.

Un vientre aplanado.
Un vientre de polvo fino y como en foco. Debajo del vientre una granada reventada.
La granada expande un flujo de copos que se eleva como lenguas de fuego, un fuego helado. El flujo se
agarra del vientre y lo hace girar.
 
Pero el vientre no da más vueltas. Son venas de sangre como vino, de sangre combinada con azufre y azafrán pero con un azufre endulzado con agua.
Sobre el vientre sobresalen los senos. Y más hacia arriba y en profundidad, pero en otro plano del espíritu un sol enardecido de manera que se podría pensar que es el seno el que arde. Y un pájaro
al pie de la granada.

El sol parece que tuviera una mirada.
Pero una mirada que estaría mirando el sol.
Y el aire todo es una como una melodía gélida pero una extensa, honda melodía bien compuesta
y secreta y colmada de ramificaciones congeladas.
Y todo construido con columnas, y con una especie de aguada arquitectónica que une el vientre
con la realidad.

La tela está ahuecada y estratificada.
La pintura está muy prensada a la tela.
Es como un círculo que se cierra sobre sí mismo, una suerte de abismo
en movimiento que se parte por el medio.
Es como un espíritu que se ve y se ahueca, está modelado y trabajado
sin cesar por las manos crispadas del espíritu.

Mientras tanto el espíritu siembra su fósforo. El espíritu está seguro. Tiene un pie bien apoyado
en este mundo.
El vientre, los senos, la granada, son como evidencias testimoniales de la realidad. Hay un pájaro muerto y hay un abundante surgimiento de columnas.
El aire está plagado de golpes de lápices como de golpes de cuchillos, como de esquirlas de uña mágica.
El aire está suficientemente alterado.
Así donde germina una semilla de irrealidad se dispone en células.
Las células se colocan cada una en su lugar, en abanico, rodeando el vientre,
delante del sol más lejos del pájaro y sobre ese flujo de agua sulfurosa.
Pero la arquitectura que sostiene y no dice nada es indiferente a las células.
Cada célula contiene un huevo donde se destaca el germen.
Repentinamente nace un huevo en cada célula.
En cada uno hay un hormigueo inhumano pero límpido,
las diversificaciones de un universo detenido.

Cada célula contiene bien su huevo y nos lo ofrece; pero al huevo no le importa demasiado
ser elegido o rechazado.
Algunas células no llevan huevo. En algunas crece una espiral.
Y en el aire cuelga una espiral más grande pero como azufrada, de fósforo todavía y cubierta
de irrealidad.
Y esta espiral tiene toda la relevancia del pensamiento más potente.
El vientre lleva a recordar la cirugía y la Morgue, la bodega, la plaza pública y la mesa de
operaciones.
El cuerpo del vientre parece tallado en granito o en mármol o en yeso, pero un yeso
endurecido.

Hay un casillero para una montaña.
Las burbujas del cielo dibuja sobre la montaña
una aureola fresca y translúcida. Alrededor de la montaña el aire es sonoro, compasivo,
antiguo, prohibido.
La entrada a la montaña está prohibida. La montaña tiene su lugar en el alma.
Ella es el horizonte de algo que no deja de retroceder.
Produce la impresión del horizonte infinito.
Y yo describo con lágrimas esta pintura porque esta pintura me toca el corazón.
En ella siento desplegarse mi pensamiento como en un espacio ideal, absoluto, pero un espacio
que tendría una forma posible de ser insertada en la realidad.

Caigo en ella del cielo.

Y alguna de mis fibras se desata y encuentra un lugar en determinados casilleros.
A ella regreso como a mi fuente,
allí siento el lugar y la disposición de mi espíritu.
El que ha pintado esa tela es el más grande pintor del mundo.

A André Mason lo que es justo.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Nuevos Medios


Discurrir actualmente sobre qué es arte, se ha convertido en todo un problema; con la inclusión en los noventas de los “nuevos medios” (la tecnología digital), el quehacer artístico se ha tornado revolucionario, pero también muy diverso, lo que dificulta su clasificación. Sin embargo, en este nuevo entorno del arte, se aprecia un nuevo panorama, donde ya no solamente las obras pictóricas o escultóricas, son dignas de ser llamadas arte, sino también hay arte en internet, en video, con “…juegos de ordenador, las cámaras de seguridad, la telefonía inalámbrica, los miniordenadores portátiles y los sistemas de navegación GPS…”

Pero la tecnología antes mencionada no define al arte, muy por el contrario es el uso de esta tecnología en las manos de los artistas lo que la convierten en el medio de expresión ideal para manifestar conceptos, ideas o cuestiones meramente estéticas. Por lo que intentar definir el arte de nuestros días resulta un acto temerario, que continuamente está cambiando, es decir, en mi opinión metafóricamente hablando, el arte es un ‘ser vivo’ que muta y cambia constantemente, la pregunta ya no es qué es lo nuevo por hacer, sino qué se puede hacer con lo ya existente; cómo producir esa singularidad, cómo elaborar el sentido a partir de esa masa caótica de objetos cotidianos.

Los artistas contemporáneos utilizan lo dado, se mueven en el universo de productos a la venta, los mercados de pulgas y la reutilización de pedazos de programas televisivos o películas preexistentes (véase en youtube Apoohcalypse Now de Artemio Narro), dando como resultado expresiones artísticas asombrosas y “nunca antes vistas” desde esa nueva óptica (la apropiación), el artista se convierte en lo que Bourriaud llama: semionautas, producen recorridos originales entre los signos, donde crear es —como diría Duchamp— insertar un objeto en un nuevo escenario, considerándolo como un personaje dentro de un relato.

Así tenemos que “La obra de arte contemporánea no se ubicaría como la conclusión del <proceso creativo> (un ‘producto finito’ para contemplar), sino como un sitio de orientación, un portal, un generador de actividades. Se componen combinaciones a partir de la producción, se navega en las redes de signos, se insertan las propias formas en líneas existentes.” Es decir, la linealidad del arte se pone en entredicho, ya no necesariamente hay un principio y un final, sino que el arte adopta un carácter rizomático, donde una obra no termina, sino que tiene la posibilidad de expandirse, el proceso creativo continúa, se ramifica.

                                                Chris Jordan - Running the Numbers, Gyre (2009)
                                                                   “…2.4 million plastic bottles"

martes, 7 de mayo de 2013

Conversaciones en Facebook

Manuel Velázquez Independientemente de la forma y la técnica, el arte fundamentalmente está basado en el concepto. La obra puede tener más o menos, un mayor impacto si se usan soportes tradicionales o contemporáneos dependiendo del contexto, pero lo esencial es el contenido. Por eso para hacer arte se tiene que reflexionar, se tiene que pensar, que leer, escuchar música, ver buen cine. Ninguna técnica ni soporte puede sustituir la consistencia de los contenidos, y esto va de la mano del estudio, del análisis, de la talacha intelectual diaria. Muchos creen todavía que hacer arte es desarrollar con virtuosismo una habilidad manual, hacer algo nuevo, hacer algo único, llamar la atención de las audiencias por la novedad, pero si es solamente esto, entonces es un buen espectáculo, pero no es arte.

Simon Vega Más en nuestros países, donde todavía la representación realista de la realidad y el virtuosismo técnico siguen opacando la obra con contenido y maneras originales de expresarlo. Creo que una buena obra debe tener un balance entre contenido y forma, la forma interesa, seduce pero el espectador inquisitivo y con mayor capacidad de profundizar se queda por el contenido. Creo que es una época en la que también al espectador se le demanda mucho más que simple contemplación.

Manuel Velazquez Así es Simon Vega, el arte no es una consecuencia de las ganas de hacer un objeto artístico, sino de la aplicación de un método cognoscitivo. Una forma de adquisición y de organización de conocimientos. 

domingo, 24 de marzo de 2013

No eres Francisco Toledo

                                         Francisco Toledo/Mono con bicicleta

Hace varios años visité el Museo de Arte Contemporáneo de Montreal, estaba expuesta una instalación de Kurazawa, y también una muestra de Tunick, muchos años antes de que viniera a México. Entro a la galería y empiezo a ver maravillas. Puta, eso es lo que mis ojitos deben de ver a diario, no lastimarse con las cosas que se hacen acá. La única forma de que los egresados de la UV o de la ENAP puedan estar en una galería de esas es que se encueren en una de las fotografías de ese wey, solo así van a poder entrar. No veo otra forma. Y ni siquiera los van a ver porque entre tanto cuero se van a perder. Es una realidad, y creo que muchos de los que estudian arte andan con esa idea errónea totalmente de que serán top artists. ¿Por qué? Porque ni saben lo que es el arte. Así de sencillo, andan en un limbo de fantasías absurdas e ideas románticas. Piensan que el arte es que vendan la imagen de marihuanos, de sufridos y que la sociedad los tiene que comprender porque son artistas. No. Son unos putas patanes marihuanos, irresponsables. Sin embargo, cuando se tiene talento y el talento se encuentra inmerso en ese alcoholismo, con esa irresponsabilidad, es muy diferente. Adquieres hasta otro peso, esa imagen auténtica como Basquiat, o en un ejemplo más cercano como Toledo, pero ves su talento, su compromiso con la sociedad, los cuestionamientos que provoca su obra, y si aparte se pone pedo pues está chido, es parte del ser. Alguna vez pensé en ir a Oaxaca. Pero es que, es que Oaxaca es México. No le veo caso. No vale. Hay que salir del país para que valga, si no, no es viaje. Para poder presumir a las amistades. Si no van a decir “Ah, fuiste a Oaxaca, está bien, yo fui de niño, pero ay bye”. En cambio si dices que saliste del país ya hay otra connotación. “Ay, Miami, y qué tal es”. Pinches mexicanos.

viernes, 22 de marzo de 2013

El Mercado del Arte

                                            Damien Hirst/For the love of God


Las exposiciones. Las obras sobre intelectualizadas, el discurso que justifica cualquier ocurrencia. Y entonces, está el público, el que tiene cientos de preocupaciones; el taxista, el albañil, el herrero, el vendedor ambulante. El mundo real donde lo importante es la sobrevivencia, la chamba, llevar la lana a casa y demás; no les interesa si eso es arte o no, les vale madres, lejos de lo que pueda ser la “comercialización del arte”, de ese parámetro que es a veces lo que consideramos como arte porque nos lo vende una galería bajo un concepto, un discurso de una persona que supuestamente sabe y que es un absoluto patán. El mero hecho de tratar de vendértelo, ya se está volviendo un mercenario. Le está poniendo un precio y tiene que convencer a la gente de que eso vale. Es el mercado del arte, cotiza en la bolsa de valores.

¿Pero por qué? Porque los involucrados le están dando un valor, un valor monetario, te están diciendo que eso vale bajo ciertas circunstancias. Hay piezas que se cotizan en millones de dólares, el cuál no es un valor real, sino comercial. Ninguna pieza vale tantos millones, es una locura y una maravilla en el sentido de que ves al estúpido comprando. Pero es gente que tiene el dinero y dice bueno vamos a darle a este artista que me está diciendo este wey (el galerista) que está bien, pero este tipo como galerista se va a llevar su varo. Y además alguien más, el asesor, te está diciendo que esa obra en tantos años va a valer más. Te están vendiendo la idea. Yo llego con un cabrón y le digo: Te vendo esta casa. Ah, pero mira, tiene baño, y esta otra tiene dos baños, y está ubicada en buen lugar, y en tantos años se va a incrementar el valor del terreno por esto, esto y esto. Le estoy vendiendo una idea con la posibilidad de que pueda ser real, pero que de entrada es falsa porque en la realidad le estoy vendiendo algo que se está devaluando, que se está deteriorando. Y eso es en cualquier obra de arte. Hay cabrones que le tienen que dar mantenimiento, hay gente que estudia esas madres para que lo dejen como nuevo. Las obras renacentistas cuanta mano no han tenido, pero tienen valores agregados; el proceso histórico y aparte el institucional.

                                                  Martín Ramírez/Courtyard

Pero no todo es falso en el arte contemporáneo, tiene artistas intachables; como Kooning, como Rothko. Etc. Ellos no lo hacían, y no lo pensaban, estoy de eso casi seguro, con el único fin de vender la pieza. No. O no hubieran logrado eso, no hubieran hecho esas obras. Ellos estaban metidos más en un pedo reflexivo, en un pedo interno de cuestionamiento. Y obvio, ya cuando logran sintetizarlo en la obra te causa una sensación, y te cuestiona y te enfrenta. Y la prueba es que te quedas horas ahí viendo la obra, involucrándote. Un claro ejemplo es la obra de Martín Ramírez. Él jamás pensó en vender ni en el reconocimiento, y ves su obra y te quedas de no mames. Te conmueve un chingo.

En el Reina Sofía tuve la oportunidad de ver la obra completa de Martín Ramírez, le decía a un cuate que me acompañaba que a mí me parece brutal este arte de la represión que le llaman, como Enrique Guzmán o Martín Ramírez. Y cuando vi la obra de Martín Ramírez me dije esto está bien cabrón, es un tipo indígena que emigra a Estados Unidos y se topa con una situación totalmente diferente, termina en un psiquiátrico. La obra de Martín emerge de esas ausencias, escupe esas líneas topográficas que tienen movimiento, que son tan esenciales. Esos trenes que se ausentan, que te dejan esa tristeza. Ese caballito naif, ese charro perdido. Y eso con qué lo hace, son hojas de papel barato que pegaba meticulosamente en una mesita para crear formatos de gran tamaño. Maravillas a base de líneas con una fuerza increíble que te están diciendo que algo pasa. Eso es arte. Los putas alumnos de la Facultad gastan un chingo de pintura en un chingo de papeles, un chingo de dinero y jamás van a llegar a eso.

Para que alguien que no es artista te logre eso de entrada lo entiendo, porque el que quiere ser artista está contaminado con que quiere lograr el éxito y desde ahí la empieza a cagar, comienza a crecer todo ese ego y el pedo de las galerías, de las entrevistas, de los “wow, está bien chido wey” de sus cuates, los apapachos de los maestros, le dan en la madre. Esa vanidad que no es mala en dosis pequeñas, incluso podría ser una virtud, pero te absorbe. Es un monstruo que te absorbe. Acabas pensando en la puta galería, en los reconocimientos. Entonces esos cabrones que fueron la escuela del arte contemporáneo realmente no esperaban tanto, y todo el reconocimiento llegó con el tiempo, pero yo no me imagino a un Rothko pensando en mostrarle el cuadro a sus amigos y decir “¿Está bien mi cuadro, qué te parece, está chido?”. Si no llegar y no mames es una cosa que vi y pum, le di un puto embarrón, y pum, otro, es visceral. Sin embargo eso no quiere decir que no piensen, lo tienen asimilado, y reflexionado. Si le preguntas que está haciendo te da una respuesta sólida, una lectura inteligente, no busca a alguien que le resuelva, que le de el discurso de lo que está haciendo. Esa es la diferencia abismal entre un artista y un charlatán. Por eso no pueden ser artistas, no es que tenga algo en contra de ellos, es que los absorbe ese ego, y más estando chavos, no se dan cuenta de que en la sencillez está la grandeza. En la ausencia reflexiva la obra se desmorona sola. Podrán obtener todas las becas que quieran, todas las exposiciones que quieran, toda la venta que quieran, y podrán vender bien pero nunca van a llegar a ser artistas. Eso te hace un comerciante. Y está bien, si lo único que buscas es vender. Pero tienes que ser honesto y aceptar que eso no te hace un artista, que no puedes llegar a serlo. Artistas hay muy pocos, en el mundo. Habrá cabrones que los ves con técnica y que pueden ser hiperrealistas, pero dentro del hiperrealismo no todos son artistas. No se trata solamente de técnica. No dudo que dentro de la Facultad de Arte haya gente que se salve, pero hay teóricos que llegan a resultar enfermizos por su obsesión de justificar las obras de los alumnos, obras que son simples ocurrencias, chistes de mal gusto, pero que nos intentan vender como arte a través de discursos que aparentan coherencia. Y no es nada más que una mediocridad tajante, estamos llenos de esas madres. Es como en la arquitectura, el hecho de que construyas un edificio no te hace un buen arquitecto. Puedes tener una casa pequeña que cumpla con parámetros que la hacen mejor que un gran edificio. Y sin embargo todos queremos hacer el gran edificio. ¿Por qué? Porque implica billete, implica más gasto, la van a ver más. Y la casita hedionda no la van a ver, pasará desapercibida. Esos son los grandes errores contemporáneos. Es el mundo hecho un desmadre, que camina directo al vacío. El hecho de que te salgas significa un compromiso, y a la gente no le gusta comprometerse. A la hora que le cuestionas a un creador el por qué de su obra te va a dar un rollo medio cuatrapeado, porque tiene idea de lo que quiere hacer, pero al no estar maduro es así como tache. No valió. Piénsale. A lo mejor no todo tiene que tener un por qué, pero debes tener una visión estética. Son situaciones que se deben cuidar al máximo, claro, si se tiene el compromiso de llegar a ser artista. La otra es el creértela. El artista debe tener una dosis de humildad y de arrogancia. Son pedos más personales, de saber ubicar tu obra en el lugar y nivel que le corresponde. Picasso y Dalí eran arrogantes, pero era una arrogancia aunque suene paradójico, humilde. Porque su trabajo era completamente sólido. Pero los estudiantes de arte copian la arrogancia sin sentido. Me imaginó al puta Dalí con toda su extravagancia, su presencia, aparte de su trabajo era el mismo ya un personaje, estaba creando el mito. Tenía peso. El tipo no dejó ni un cabo suelto, había tanta inteligencia en todo su puta mundo que no podía haber existido de otra forma. En México, salvo Orozco y dos ó tres más, nadie se salva. Incluso el mismo Orozco con la calavera que pintó, le preguntaron que qué pedo con eso, y nada más la pintó. Y se viene la avalancha de lecturas, que la muerte, y la identidad, etc. Una necesidad de sustentar esa madre para la venta, para que esté en una galería. Él la hizo y bien pudo haber dicho pus quítenla. Y no pasaba absolutamente nada. Pero es el valor del mercado, una calavera que el mismo artista sabía que valía madres, pero si con eso le dieron billete, contemporáneamente quién le dice que no al billete, quién le hace el feo. Estás viviendo en una realidad económica, mercantil. Y si con su obra pueden vivir bien, está bien, yo lo haría. Marín, por ejemplo, me gusta el artista y su casa. El tipo tiene una obra de carácter decorativo, porque te pone unas instalaciones poca madre pero ves que es un tipo rico, que tiene buen gusto, y que mete sus exposiciones en lugares donde va gente de varo y bueno, sus torsos y demás como muy clásicos no se ven mal. Y vende, y vende muy bien, tiene una casa muy bonita y él es un galán. Y dices, tiene todo regalado. Pero no es un artista atrevido, que es muy diferente. Y sin embargo él no tiene la arrogancia de la pose. Encontró algo que pegó y le resultó bien, vende bien, y hay cosas que las tiene chidas. Pero no es algo así como que vaya a trascender, y claro también para esa trascendencia necesitas ver mucha paja, y dentro de esa paja vas a encontrar sólo un par de cosas buenas.
Pero los estudiantes de la facultad están felices porque salieron en el catálogo y ya están vendiendo, y les aplaudieron, hubo brindis. De entrada, les diría a todos los estudiantes de arte que se bajen de su nube, porque jamás llegarán al MOMA. Que se dejen de chaquetas mentales y se comprometan con su trabajo, sin esperar nada a cambio. Menos brindis y más trabajo. Menos pose, y más esfuerzo. El arte sobrevivirá, la mediocridad jamás.